El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas Pero Nicolás había acabado por comprender, desde hacía muchos meses, que era un hombre imposible en el corazón de Manuela. Más aun; con su perspicacia natural, con esa facilidad de percepción que tienen los enamorados humildes, había adivinado analizando detalle por detalle, al regresar tristemente de Yautepec todas las noches, sus estériles y cada vez más heladas entrevistas con la joven, que ésta no sólo sentía despego hacía él, sino repugnancia. Ahora bien: a la expresión de este sentimiento, que aun en un semblante hermoso es dura y desagradable, no podía resistir un alma altiva como la de Nicolás. Si él hubiera sido uno de esos muchachos tontos y fatuos que interpretan siempre el gesto y las palabras de las mujeres que aman, en el sentido menos desfavorable para ellos; si hubiese sido uno de esos hombres vengativos y tenaces que hacen del sufrimiento un medio de triunfar y de vengarse; si por último, hubiese sido uno de esos viejos libertinos para quienes el deseo es una coraza que los hace invulnerables y para quienes la posesión a toda costa es ya el único objeto de su amor sensual, Nicolás habría permanecido firme en su intento, sostenido por el apoyo de la señora, gran apoyo junto a una hija, por contraria que ésta se muestre.