El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas Lejos de eso, y como una compensación gratísima, precisamente en los momentos en que su espíritu había quedado enteramente despejado de las últimas nieblas que aquel afecto hubiera podido dejarle, cuando la serenidad había acabado de restablecerse en su corazón, serenidad que no había sido bastante para turbar ni el peligro que había corrido ni la indignación que lo había agitado, había visto surgir ante sus ojos una nueva imagen, más bella y dulce que la que había desaparecido, y había sentido, había comprendido que ésa sí era el ángel bueno de su existencia. Ni podía menos; el amor de Pilar se había descubierto en un momento solemne y decisivo, sin interés y sin esperanzas, con todos los caracteres de abnegación, de generoso sacrificio, de resolución heroica que deben ser las cualidades del afecto extraordinario. ¿Cómo no sentirse subyugado en el instante por un amor tan poderoso? Nicolás no sólo sintió penetrar en su alma, como un torrente de fuego, aquel amor nuevo y luminoso sino que experimentó algo como un remordimiento, como vergüenza de no haber abierto antes los ojos a la dicha, de no haber adivinado el afecto que inspiraba y que seguramente había vivido oculto cerca de él, protegiéndolo, envolviéndolo en una atmósfera de simpatía y de cariño. ¡Y él, cómo habría hecho sufrir a la bella y modesta joven con su aparente galantería para Manuela! ¡Quizás la habría lastimado alguna vez, quizá habría sido cruel, sin quererlo, hiriendo la delicadeza de aquel corazón tierno y blando como una sensitiva!