El Zarco. La Navidad en las montanas

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XVI

UN ÁNGEL

Oscurecía ya cuando Nicolás penetró en las piezas de la casa de doña Antonia. Al ruido de sus pasos, una mujer se adelantó a su encuentro, y apenas lo reconoció, a la débil luz crepuscular que aun permitía distinguir los objetos, cuando se echó en sus brazos sollozando.

Era Pilar.

Nicolás, al sentir contra su seno aquella mujer, hoy intensamente amada, sintió como un vértigo de pasión y de placer. Era la primera vez de su vida que conocía tamaña felicidad, él, que hasta ahí solo había podido saborear los amargos dejos del desengaño; él que considerándose casi siempre desamado, se habría considerado feliz con una mirada sola de simpatía, ahora recibía a torrentes, en una explosión amorosa, toda aquella dicha que antes no se hubiera atrevido siquiera a soñar.

Y ella estaba ahí, la bellísima joven, que había ocupado su pensamiento en aquellos días de prisión y en aquellas noches de insomnio; y sentía sus hermosos brazos de virgen enlazar su cuello, y palpitar su corazón enamorado junto a aquel corazón que ya no latía sino para ella, y sentía sus lágrimas humedecer sus manos y su aliento bañar como un dulce aroma su semblante. Nicolás no podía hablar, de una emoción avasalladora y que paralizaba sus facultades.


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