El Zarco. La Navidad en las montanas

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Por fin, después de haber estrechado a la joven con un arrebato amoroso más significativo que diez declaraciones, le dijo, besándola en la frente:

—Pilar mía; ahora sí ya nada ni nadie nos separará. Lo que siento es no haber conocido dónde estaba mi dicha; pero, en fin, bendigo hasta los peligros que acabo de pasar, puesto que por ellos he podido encontrarla.

Pilar, como toda mujer, y aunque rebosando amor y felicidad, no pudo sustraerse a un vago sentimiento de temor y de recelo. No estaba todavía bastante segura de que en el corazón de Nicolás hubiese desparecido completamente aquel antiguo amor de Manuela, quizás exacerbado aún por todo lo que acababa de pasar. Así es que, fijando los ojos con timidez en los del herrero, se atrevió a preguntarle, con un acento en que se traslucía el miedo de perder aquella dicha suprema:

—¿Pero es cierto, Nicolás? ¿Me quiere usted como a Manuela?




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