El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas La muerte de su madrina, por esperada que hubiera sido, le produjo un abatimiento indecible, y si, afortunadamente para ella, el amor de Nicolás, confesado ya de una manera tan firme y tan resuelta, no hubiera venido a consolarla y a fortalecerla, como un rayo de sol, seguramente el alma de la buena y sensible joven habría visto el mundo como una noche sombría y pavorosa. Pero Nicolás estaba allí, su esposo futuro. El cielo se lo enviaba justamente en los instantes de mayor amargura para ella, huérfana infeliz, sin patrimonio, sin más apoyo que dos tíos ancianos, y en medio de aquella situación llena de peligros para todos. Entonces consideró al joven, no sólo como al elegido de su corazón, sino como a su salvador, a su Providencia, y fuertemente conmovida por aquel cambio súbito de su suerte, por aquel socorro inesperado que parecía enviarle Dios, como para recompensarla de sus aflicciones y tristezas, la joven, dando tregua a sus sollozos, cayó de rodillas y oró fervorosamente, con un sentimiento en que se mezclaban el dolor y la gratitud al mismo tiempo.
Sacóla de su arrobamiento la voz de Nicolás, que le dijo con ternura y con gravedad religiosa, extendiendo la mano hacia el cadáver de la anciana:
—Pilar, yo le juro a usted sobre ese cadáver que seré su esposo, y que no esperaré para realizar mi promesa más que el tiempo de luto. Es usted un ángel que no me merezco.