El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas Por resuelta que hubiese estado Manuela a sufrir este cambio, por anticipada que hubiera sido la imaginación de esta vida nueva, en el ánimo de la inexperta joven, era imposible que la realidad hubiese dejado de causarle hondísima impresión. Ella, enamorada como estaba del joven bandido, había poetizado aquella vida, aquellos compañeros, aquellos horrores. Hemos dicho que había creado en su fantasía, rústica como era, un tipo especial novelesco y heroico. La joven que ama, por ignorante que sea, aunque se la suponga salvaje, es siempre algo poetisa. Atala es verosímil, Virginia lo es mucho más. Los amantes de los antiguos poemas bárbaros son enteramente reales. ¿Qué mucho que Manuela que había recibido alguna educación y que había vivido en una población culta, y que aun había leído algunos libros romancescos, de esos que penetran hasta en las aldeas y en los campos, se hubiese forjado un ideal extraordinario, revistiendo a su amante bandido con los arreos de una imaginación extraviada?
Pero Manuela, al pensar así, estaba muy lejos de la realidad, y su sueño iba a desvanecerse en el momento en que la palpase de cerca.