El Zarco. La Navidad en las montanas

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En vez de encontrar ese retiro misterioso y agreste, el Zarco la llevaba a esa especie de cárcel o de mazmorra para hacerla vivir mezclada con mujeres ebrias y haraposas, con bandidos osados que no respetaban a las queridas de sus compañeros y que pronto iban a tutearla, a ultrajarla, tal vez a robarla, en alguna ausencia del Zarco.

Y quizá, y eso era lo más horroroso a juzgar por las chanzas amenazadoras de aquellos facinerosos, y por la actitud pasiva y tolerante del Zarco, cansado éste de su amor, iba a abandonarla en manos de uno de aquellos sátiros, vestidos de plata, tal vez de aquel espantoso demonio de mulato gigantesco que la había saludado con una frase sarcástica, cuyo tono le había hecho el efecto de un puñal en el corazón.

Todas estas consideraciones habían hecho sombrío para Manuela aquel primer día, que ella había soñado como un día luminoso, alegre, un día nupcial de embriaguez y de deleite.

Con semejante impresión, aun las caricias del Zarco, que naturalmente redoblaron en aquellas horas, en que se encontraban, por fin, unidos, fueron insuficientes para tranquilizarla y devolverle la ilusión perdida.


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