El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas La verdad es, y este fenómeno aparece con frecuencia en el espíritu de la mujer enamorada, que el amante que en las entrevistas nocturnas aparecía siempre lleno de prestigio, ahora había perdido mucho de él. Ahora le veía de cerca, vulgar, grosero, hasta cobarde, puesto que soportaba riendo las insultantes chanzas de sus compañeros que lastimaban hondamente a la mujer que amaba. No era, pues, entonces el Zarco el hombre terrible que infundía pavor y respeto a sus secuaces; ella suponía que aun entre los ladrones, la mujer del jefe debía ser un objeto sagrado, algo como la mujer de un general entre los soldados. Lejos de eso, se la trataba como una mujerzuela, como la presa de un asalto, y venía a aumentar el número de las desdichadas criaturas que componían aquella especie de harem nauseabundo que se alojaba como una tribu de gitanas, en la vieja capilla.
Tal vez a ellas aludía el mulato cuando decía, al entrar Manuela:
—¡Sí el Zarco tiene otras! ¿Pa qué quiere tantas?
Esto era abominable.
Decididamente, Manuela sentía que ya no amaba al Zarco, que se había engañado acerca de los sentimientos que la habían obligado a escapar de su casa.