El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas —¡Ay Manuelita! —le habÃa dicho esta mujer el primer dÃa en que trabaron conversación—, yo me alegro mucho de que esté usted con nosotros, porque es usted tan bonita y tan graciosa, y porque quiero al Zarco y mi hombre lo quiere también, pero no por eso dejaré de decir a usted que ha hecho una gran tonterÃa de venirse aquà con él. Si le hubiera puesto a usted en alguno de los pueblos, o haciendas, o ranchos donde tenemos amigos, habrÃa hecho mejor y estarÃa usted más segura y más contenta. Pero aquÃ, mi alma, va usted a padecer mucho. Para nosotras, que hemos seguido a nuestros hombres en todas las guerras, y que hemos corrido con ellos la ceca y la meca, esta vida ya no es pesada, y al contrario, nos gusta, porque, en fin, estamos acostumbradas, y las aventuras que nos suceden son divertidas algunas veces, fuera de que tenemos también nuestro reparto en ocasiones y nos tocan regulares cosas. Es cierto que pasamos también buenos sustos, y que hay dÃas en que no comemos y noches en que no dormimos, y nuestros hombres nos pegan y nos maltratan, pero, ya digo, estamos acostumbradas y nada nos hace. Pero usted, una niña que ha estado tan recogida siempre, tan metidita en su casa, tan cuidada por su mamá, que tiene usted la carita tan fina y el cuerpecito tan delicado y que no está hecha a pasar trabajos, la verdad, mi alma, me temo mucho que se vaya a enfermar o que le suceda alguna desgracia. Ahora ya lo ve usted, está usted muy triste, se le echa de ver luego en la cara que no está usted contenta, ¿verdad?