El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas LA ORGÍA
Pasaron así algunos días que parecieron siglos a Manuela, siglos de aburrimiento y de tristeza. Érale imposible ya habituarse a aquella existencia entre los bandidos, puesto que a medida que el Zarco la trataba con mayor intimidad, siendo ya su querida, sentía mayor despego hacía él, despego complicado con una especie de miedo o de horror al hombre que había podido arrastrarla hasta aquel abismo.
Por una necesidad de su nueva vida, Manuela había tenido que entablar relaciones si no de amistad, al menos de familiaridad con aquellas mujeres que habitaban la capilla con ella, y aun con las queridas de los otros bandidos que vivían en otra parte.
Entre ellas hacía distinción de una, no porque fuese menos perversa, sino porque conocía muy bien a Yautepec, donde había residido muchos años, y le hablaba siempre de personas que le eran conocidas, de doña Antonia, de Pilar, de Nicolás, sobre todo de Nicolás, a quien conocía mucho.
