El Zarco. La Navidad en las montanas

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—Dios quiera, Zarco, que tu güera no nos vaya a traer algún perjuicio. Es necesario estar con cuidado; tú, vete con ella, y estate muy tranquilo, y diviértete, vale —añadió, guiñándole el ojo y riéndose maliciosamente—, que yo quedo velando. He avanzado a los muchachos por todos los caminos, y Félix se ha adelantado hasta cerca de Atlihuayan, por si hay algo. Conque, anda, vete y que duermas bien.

Algunas otras frases le dijo, pero debieron ser tales, que no quiso pronunciarlas sino en voz baja y en el oído del Zarco. El caso es que los dos se separaron riéndose a carcajadas. Salomé montó a caballo y seguido de una veintena de jinetes, se fue a hacer ronda. El Zarco se dirigió a la capilla, donde todos dormían ya, menos Manuela, que lo esperaba sentada en su banco, ceñuda y llorosa.








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