El Zarco. La Navidad en las montanas

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Después de haber dado algunas vueltas en aquel salón infecto, atropellando y empujando a cincuenta parejas de bandoleros y de mujeres ebrios, el Tigre dejó de bailar, pero inclinándose hacía su compañera le dijo con voz ahogada por los deseos y apretándole brutalmente el brazo.

—Chatita, desde que la vide llegar con el Zarco me gustó y le encargue a la Zorra, la mujer del Amarillo, que se lo dijera, no para que usted me correspondiera luego, lueguito, sino para que lo supiera de una vez; no sé si se lo habrá dicho.

Manuela no contestó.

—Pues si no se lo ha dicho, ahora se lo digo yo francamente; usted me ha de llegar a querer.

—¿Yo…? —exclamó la joven asustada.

—¡Usted! —replicó el Tigre—, ¡ya verá usted…! El Zarco no es constante y le ha de pagar a usted mal, como le ha pagado a todas… Pero yo estoy aquí, mi alma, para cuando le dé el desengaño se acuerde usted de mí, y entonces sabrá usted quién es el Tigre; usted no me conoce y no conoce todavía al Zarco. No se espante de verme así con la cara vendada, porque precisamente estoy así a causa de usted.

—¿Por causa mía? —preguntó Manuela con una curiosidad mezclada de pavor.


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