El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas —¡No te saco, muérete! —contestó el bandido en el paroxismo del furor.
No bien acababa de decir estas palabras cuando hubo un gran ruido en la puerta de la sala, y varios bandidos, cubiertos de polvo y con el traje desordenado por una larga caminata, se precipitaron adentro con aire azorado, y preguntando por Salomé Plascencia, por el Zarco, por el Tigre y por los demás jefes.
Salomé y los otros fueron a su encuentro.
—¿Qué hay? —preguntó aquél, mientras que todos los plateados iban formando cÃrculo en torno suyo y cesaban, como es de suponerse, la música y la algazara del baile.
—Una novedad —respondió uno de los recién llegados, sofocándose—. Hemos corrido diez leguas para avisarles… MartÃn Sánchez Chagollán, el de Ayacapixtla, con una fuerza de cuarenta hombres, ha sorprendido a Juan el GachupÃn y a veinte compañeros y los ha colgado en la catzahuatera de Casasano.
—¿Y cuándo? —preguntaron en coro los bandidos aterrados.
—Anoche, a cosa de las diez los sorprendió. Estaban emboscados esperando un cargamento que iba a pasar, cuando MartÃn Sánchez les cayó, los acorraló y apenas pudieron escaparse cinco o seis, que vinieron a buscarnos, y que se han quedado heridos y no han podido venir hasta acá.