El Zarco. La Navidad en las montanas

El Zarco. La Navidad en las montanas

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—Pero ¿qué es? ¿Qué es? ¿Qué te han contado, Zarco? —preguntó Manuela, tan asombrada como despavorida al oír esas palabras.

—Sí; ya me dijo la Zorra que lo que hay es… que te has arrepentido de haberte largado conmigo, que has conocido que no me querías… de veras…; que el único hombre a quien amabas era al indio Nicolás; que sientes haberlo dejado; que la vida con los plateados no te conviene, y que en la primera ocasión que se te ofrezca me has de abandonar.

—¡Pero yo no he dicho…! —interrumpió temblando Manuela.

El Zarco no la dejó acabar.

—¡Sí, tú se lo has dicho, falsa y embustera; no quieras negarlo! Yo tengo la culpa por fiarme en una catrina y una santularia como tú, que no quería más que alhajas y dinero… Pero, mira —añadió cogiéndole un brazo y apretándoselo bestialmente—, lo que es de mí no te burlas, ¿me entiendes? Ya te largaste conmigo y ahora ves para que naciste. ¡En cuanto al indio herrero, yo he de tener el gusto de traerte su cabeza para que te la comas en barbacoa, y después te morirás tú, pero no te has de quedar riendo de mí!

Manuela apenas pudo decir al Zarco, en actitud suplicante:

—¡Zarco, hazme favor de sacarme de aquí, estoy enferma…!


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