El Zarco. La Navidad en las montanas

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—¡Pues yo se lo voy a decir al Zarco para que esté prevenido!

—¡Pues dígaselo usted, linda, dígaselo usted! —respondió el Tigre, con una sonrisa desdeñosa y siniestra, en que se revelaba una resolución espantosa—. Ya el Zarco me conoce —añadió— y verá usted si es verdad lo que le digo; el Zarco, de quien se ha enamorado usted porque lo ha creído hombre, no es más que un lambrijo. Conque dígaselo usted, y para que sea pronto, la voy a sentar y me quedo aguardando.

Manuela fue a sentarse aterrada. Seguramente iba a producirse allí una catástrofe; el Tigre deseaba provocarla a toda costa para matar al Zarco, y ella estaba destinada a ser el botín del vencedor. ¡Qué situación tan espantosa! Manuela se sentía agonizar.

Pero cuando ella buscaba con angustia a su amante, a quien, a pesar del horror que ya le inspiraba, creía ser su único apoyo, lo vio dirigirse hacía ella, ceñudo, frío, lívido de cólera. Manuela creyó que estaba celoso del Tigre y pensó que era llegado el momento de la riña que estaba temiendo.

Pero el Zarco, con una sonrisa sarcástica y enronquecida por la ira le dijo:

—¡Con que ya sé cuál es el motivo de tus tristezas y de tu aburrimiento en estos días, ya me lo han contado, y no me la volverás a pegar, arrastrada…!


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