El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas Manuela parecía ser presa de una pesadilla y se sintió desfallecer. Aquellas revelaciones sobre el Zarco, sus asesinatos de las mujeres, de los moribundos y de los niños, aquellas amenazas del Tigre, todo era superior a su fuerza y a su resolución de afrontar semejante vida. ¡Había caído en el infierno! Había creído que aquellos hombres eran simplemente bandidos, y en realidad eran demonios vomitados por el averno. ¡Oh! ¡Si hubiera podido escapar en ese momento! ¡Si hubiera podido al menos morir! Quedóse paralizada y muda. Sacóla de aquel estado la voz áspera y ronca del Tigre, que le preguntó:
—¿Qué es lo que le pasa linda? ¿Se asusta de lo que le digo…? ¿No le había contado a usted el Zarco todas sus hazañas y valentías? Apuesto a que no; pues sépalas y váyase conformando con lo que le digo, usted ha de venir a parar a mi poder.
—¿Pero usted cree que el Zarco se va a dejar? —exclamó al fin Manuela, sofocada de ira y de fastidio.
—¡Y a mí qué me importa que de deje o no, chata! ¿Pues qué? ¿Usted piensa que yo le tengo miedo a ese collón? Si usted admite mi cariño, ahora mismo, dígame una palabra y mato al Zarco. Con eso, de una vez se queda usted libre… Si no, esperaré, y ya verá usted lo que pasa.