El Zarco. La Navidad en las montanas

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La comisión era peligrosísima; los bandidos no debían estar lejos, y era de temerse una emboscada en el camino.

Sólo un hombre podía desempeñarla, y Martín Sánchez, en aquella angustia, no vaciló en pedir tal sacrificio a Nicolás.

—Señor don Nicolás —le dijo—, sólo usted es capaz de exponerse a ese riesgo, pero acabe usted su obra. Ya nos salvó usted hace un rato. Usted conoce los caminos, tiene buen caballo y es hombre como ninguno. Se lo ruego…

Nicolás partió inmediatamente. Cuando Martín lo vio perderse entre las sombras:

—¡Yo no he visto nunca —dijo— un hombre tan valiente como éste!

—Pero en un descuido lo van a matar por ahí —dijo el comerciante.

—¡Dios ha de querer que no! —replicó Martín Sánchez—. ¿Pero qué quiere usted que haga para salir de aquí? No hay más que este recurso. ¡No le ha de suceder nada, ya verá usted! Don Nicolás tiene fortuna. Y es tan bueno… ¡valía más que me mataran a mí y no a él!

Entretanto, los soldados que observaban las cercanías de aquel lugar para ver si había aún algunos heridos, volvieron diciendo que cerca, en unos matorrales, estaba llorando una mujer junto a un cadáver.


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