El Zarco. La Navidad en las montanas

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Don Martín fue en persona a reconocer a esa mujer, que no era otra que Manuela, que no había querido huir con sus compañeras, no por amor al Zarco, a quien creyó muerto al principio, sino por miedo al Tigre, que la hubiera tomado por su cuenta.

Martín examinando el cuerpo se cercioró de que aún respiraba. La herida que recibió el Zarco fue terrible, pero no mortal. El bandido estaba bañado en sangre y era difícil reconocerlo, pero por Manuela se supo que era el Zarco.

Martín Sánchez se estremeció de gozo. Aquel bandido temible y renombrado había caído en su poder.

Iba a colgarlo tan pronto como amaneciera. Desgraciadamente, a la madrugada llegó la autoridad de Morelos con la fuerza y las camillas. Martín le entregó a los bandidos prisioneros y heridos, juntamente con aquella mujer. Nicolás apenas los vio, y Manuela por su parte, no quiso dar la cara de vergüenza y se cubrió la cabeza completamente con su rebozo.

Así marcharon a Morelos, Martín para curarse de sus heridas, que eran graves, lo mismo que sus soldados, continuando Nicolás a Yautepec a fin de preparar su matrimonio.

Manuela, como era natural, presa con su amante, permaneció en la cárcel, incomunicada, y viendo en su imaginación la imagen de Nicolás cada vez más bella.


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