El Zarco. La Navidad en las montanas

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—¡No!, ¡nunca, mamá!, —interrumpió bruscamente Manuela—, estoy decidida; no me casaré nunca con ese indio horrible a quien no puedo ver… Me choca de una manera espantosa, no puedo aguantar su presencia… Prefiero cualquier cosa a juntarme con ese hombre… Prefiero a los plateados —añadió con altanera resolución.

—¿Sí?, —dijo la madre, arrojando su costura, indignada—, ¿prefieres a los plateados? Pues mira bien lo que dices, porque si no quieres casarte honradamente con un muchacho que es un grano de oro de honradez, y que podría hacerte dichosa y respetada, ya te morderás las manos de desesperación cuando te encuentres entre los brazos de esos bandidos, que son demonios vomitados del infierno. Yo no veré semejante cosa, no, Dios mío; yo me moriré antes de pesadumbre y de vergüenza —añadió derramando lágrimas de cólera.

Manuela se quedó pensativa. Pilar se acercó a la pobre vieja para consolarla.

—Mira tú —dijo ésta a la humilde joven morena que había estado escuchando el diálogo de madre e hija, en silencio—; tú que eres mi ahijada, que no me debes tanto como esta ingrata, no me darías semejante pesar.

Luego, después de un momento de silencio embarazoso para las tres, la señora dijo con marcado acento de ironía y de despecho:


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