El Zarco. La Navidad en las montanas

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Nicolás, vestido con esmero, aunque sin ostentación, manifestaba en el semblante una alegría sincera, un sentimiento de felicidad tanto más verdadero, cuanto que se cubría con un exterior grave y dulce. Pilar estaba encantadora; su belleza natural estaba realzada ahora por su traje blanco y elegante, por su peinado de cabellos negros y sedosos, adornados con la corona nupcial, aquella corona que ella se complacía siempre en formar con el mayor gusto, no sabiendo todavía, como decía ella, si le serviría para su tocado de esposa o para su tocado de virgen muerta.

Ya estaba viendo que servía para lo primero, y que un espíritu bueno y protector, le había augurado siempre su feliz destino. Apenas lo creía; había en sus ojos dulcísimos y lánguidos, algo como el reflejo de una visión celeste que le daba un aspecto de santa, una mirada angelical.

El rubor natural causado por aquel momento y por ser el objeto de las miradas de todos, la timidez, el amor, aquel concurso, aquel altar lleno de cirios y de flores, la voz del órgano, el murmullo de los rezos, el incienso que llenaba la nave, todo había producido en ella tales y tan diversas emociones, que parecía como arrebatada a un mundo extraño, al mundo de los sueños y de la dicha.


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