El Zarco. La Navidad en las montanas

El Zarco. La Navidad en las montanas

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Ya me figuraba hallarme cerca del lugar tan deseado, después de un día de marcha fatigosa; el sendero iba haciéndose más practicable, parecía descender suavemente al fondo de una de las gargantas de la sierra, que presentaba el aspecto de un valle risueño, a juzgar por los sitios que comenzaba a distinguir: por los riachuelos que atravesaba; por las cabañas de pastores y de vaqueros que se levantaban a cada paso al costado del camino; y, el fin, por ese aspecto singular que todo viajero sabe apreciar aun a través de las sombras de la noche.

Algo me anunciaba que pronto estaría dulcemente abrigado bajo el techo de una choza hospitalaria, calentando mis miembros, ateridos por el aire de la montaña, al amor de una lumbre bienhechora, y agasajado por aquella gente ruda pero sencilla y buena, a cuya virtud debía yo, desde hacía tiempo, inolvidables servicios.

Mi criado, soldado viejo, y por lo tanto acostumbrado a las largas marchas y al fastidio de las soledades, había procurado distraerse durante el día, ora cazando al paso, ora cantando y no pocas veces hablando a solas, como si hubiese evocado los fantasmas de sus camaradas del regimiento.

Entonces se había adelantado a alguna distancia para explorar el terreno y, sobre todo, para abandonarme con toda libertad a mis tristes reflexiones.

Repentinamente lo vi volver a galope, como portador de una noticia extraordinaria.


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