El Zarco. La Navidad en las montanas

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Adelantóse el primero con exquisita finura, y quitándose su sombrero de teja me saludó cortésmente.

—Señor capitán —me dijo— en todo tiempo tengo el mayor placer en ofrecer mi humilde hospitalidad a los peregrinos que una rara casualidad suele traer a estas montañas; pero en esta noche es doble mi regocijo, porque es una noche sagrada para los corazones cristianos, y en la cual el deber ha de cumplirse con entusiasmo: es la Nochebuena, señor.

Di las gracias al buen sacerdote por su afectuosidad, y acepté desde luego oferta tan lisonjera.

—Tengo una casa cural muy modesta —añadió— como que es la casa de un cura de aldea, y de aldea pobrísima. Mis feligreses viven con el producto de un trabajo ímprobo y no siempre fecundo. Son labradores y ganaderos, y a veces su cosecha y sus ganados apenas les sirven para sustentarse. Así es que mantener a su pastor es una carga demasiado pesada para ellos; y aunque yo procuro aligerarla lo más que me es posible, no alcanzan a darme todo lo que quisieran, aunque por mi parte tengo todo lo que necesito y aun me sobra. Sin embargo, me es preciso anticipar a usted esto, señor capitán, para que disimule mi escasez que, con todo, no será tanta que no pueda yo ofrecer a usted una buena lumbre, una blanda cama y una cena hoy muy apetitosa, gracias a la fiesta.


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