El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas —Venga esa mano, señor; usted no es un fraile, sino un apóstol de Jesús… Me ha ensanchado usted el corazón; me ha hecho usted llorar. No creía yo que existiera un solo sacerdote así en México; jamás he oído hablar a un hombre de sotana o de hábito, como usted acaba de hacerlo. Señor, le diré a usted francamente y con mi rudeza militar y republicana: yo he detestado desde mi juventud a los frailes y a los clérigos; les he hecho la guerra; la estoy haciendo todavía en favor de la Reforma, porque he creído que eran una peste; pero si todos ellos fuesen como usted, señor ¿quién sería el insensato que se atreviese, no digo a esgrimir su espada contra ellos, pero ni aun a dejar de adorarlos? Oh, señor, yo soy lo que el clero llama un hereje, un impío, un sansculotte; pero yo aquí digo a usted, en presencia de Dios, que respeto las verdaderas virtudes cristianas, como jamás las ha respetado fanático o sayón reaccionario alguno. Así, venero la religión de Jesucristo como usted la practica, es decir, como Él la enseñó, y no como la practican en todas partes. ¡Bendita Navidad ésta que me reservaba la mayor dicha de mi vida, y es el haber encontrado a un discípulo del sublime Misionero, cuya venida al mundo se celebra hoy! Y yo venía triste, recordando las Navidades pasadas en mi infancia y en mi juventud, y sintiéndome desgraciado por verme en estas montañas solo con mis recuerdos. ¿Qué valen aquellas fiestas de mi niñez, sólo gratas por la alegría tradicional y por la presencia de la familia? ¿Qué valen los profanos regocijos de la gran ciudad, que no dejan en el espíritu sino una pasajera impresión de placer? ¿Qué vale todo eso en comparación de la inmensa dicha de encontrar la virtud cristiana, la buena, la santa, la modesta, la práctica, la fecunda en beneficios? Señor cura, permítame usted apearme y darle un abrazo y protestarle que amo al cristianismo cuando lo encuentro tan puro como en los primeros y hermosos días del Evangelio.