El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas Así es que el haber encontrado en medio de aquellas montañas al hombre que realizaba el sueño de los poetas cristianos y al verdadero imitador de Jesús, me parecía una agradabilísima pero fugaz ilusión, hija de mi imaginación solitaria y entristecida por los recuerdos. Y, sin embargo, no era así; el sacerdote existía; me había hablado; caminaba junto a mí, y pronto iba a confirmar con mis propias observaciones la idea que acababa de darme su carácter asombroso, en pocas palabras dichas con una sencillez y una sinceridad tanto más incuestionables cuanto que ningún interés podía tener en aparecer de tal modo a los ojos de un viajero pobre, militar subalterno e insignificante. Cansado estaba yo, al contrario de encontrarme por ahí en los diversos pueblos que había recorrido con las tropas o solo, con párrocos alegres y vividores, de esos que se llaman a sí mismos campechanos, que habían creído halagarme, en mi calidad de soldado y de hombre de mundo, haciéndome participar de las dulzuras y placeres de una vida profana, alegre y libertina.