El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas »Al principio he encontrado resistencias, provenidas de la costumbre inveterada, y aun del amor propio de las mujeres, que no querían aparecer como perezosas, pues aquí, como en todos los pueblos pobres de México, y particularmente los indígenas, una de las grandes recomendaciones a una doncella que va a casarse, es la de que sepa moler, y ésta será tanto mayor, cuanto mayor sea la cantidad de maíz que la infeliz reduzca a tortillas. Así se dice: “Fulana es muy mujercita, pues muele un almud o dos almudes, sin levantarse”. Ya usted supondrá que las pobres jóvenes, por obtener semejante elogio, se esfuerzan en tamaña tarea, que llevan a cabo, sin duda alguna, merced al vigor de su edad, pero que no hay organización que resista a semejante trabajo y, sobre todo, a la penosa posición en que se ejecuta. La cabeza, el pulmón, el estómago, se resienten de esa inclinación constante de la molendera; el cuerpo se deforma, y hay otras mil consecuencias que el menos perspicaz conoce. Así es que mi molino ha sido el redentor de estas infelices vecinas, y ellas lo bendicen cada día, al verse hoy libres de su antiguo sacrificio, cuyos funestos resultados comprenden ahora, al observar el estado de su salud y al aprovechar el tiempo en otros trabajos.