El Zarco. La Navidad en las montanas

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VIII

Pero los chicos, luego que vieron al cura, vinieron a saludarlo alegremente, y después corrieron al centro del pueblecillo, gritando:

—¡El hermano cura!, ¡el hermano cura!

—¡El hermano cura! —repetí yo con extrañeza— ¡que raro! ¿Es así como llaman aquí a su párroco?

—No, señor —me respondió el sacerdote— antes le llamaban aquí, como en todas partes, el «señor cura»; pero a mí me desagrada esa fórmula, demasiado altisonante, y he rogado a todos que me llamen el «hermano cura»; esto me da mayor placer.

—Es usted completo. ¡Y yo que he venido llamando a usted señor cura!

—Pues bien: está usted perdonado con tal de que siga llamándome su amigo nada más.

Yo apreté la mano de aquel hombre honrado y humilde, y me aparté un poco para dejar a la gente que había acudido a su encuentro, saludarlo a todo su sabor. De paso noté que esta gente no mostraba en su respeto hacia el cura esa bajeza servil que una costumbre idólatra ha establecido en casi todos los pueblos. Los ancianos le abrazaban (pues se había bajado del caballo) con ternura paternal, y él era quien los saludaba con veneración; los hombres le hablaban como a un hermano, y los chicos como un maestro. En todos se notaba una afectuosa y sincera familiaridad.


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