El Zarco. La Navidad en las montanas

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Al llegar a su casita, que estaba como es costumbre, junto a la pequeña iglesia parroquial, y en lo que podía llamarse placita, el cura, enseñándome una bella casa grande, la más bella, quizá, del pueblo me dijo:

—¡Ahí tiene usted nuestra escuela!

Y como yo me mostrara un poco admirado de verla tan bonita y aseada, revelando luego que era el edificio predilecto de los vecinos, observé en éstos, al felicitarlos, un sentimiento de justísimo orgullo. El más viejo de los que estaban cerca, me dijo:

—Señor: es él quien merece la enhorabuena; por él la tenemos, y por él saben leer nuestros hijos. Cuando nosotros la levantamos, aconsejados por él, y la concluimos, al verla, tan nueva y tan linda le propusimos que se fuera a vivir en ella, porque le debemos muchos beneficios, y que nos dejara el curato para la escuela; pero se enfadó con nosotros y nos preguntó que si él valía acaso más que los niños del pueblo, y que si necesitaba tantas piezas él solo. Nos avergonzamos y conocimos nuestro disparate. Es muy bueno el hermano cura ¿no le parece a usted? —Yo fui a abrazar al cura en silencio y más conmovido que nunca.


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