El Zarco. La Navidad en las montanas

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Entramos, por fin, en la casa del curato, que era pequeña y modesta; pero muy aseada y embellecida con un jardincillo, provista de una cuadra y de un corral. La gente se detuvo a la puerta. Dentro aguardaban al cura, el alcalde con algunos ancianos y algunas mujeres de edad. El cura se quitó el sombrero delante del alcalde, dando así un ejemplo del constante respeto que debe tenerse a la autoridad emanada del pueblo; saludó cariñosamente a las viejas vecinas, y entró conmigo y los hombres a su saloncito, que no era más grande que un cuarto común. Pero antes de entrar, una de las viejas, robusta y venerable vecina, que revelaba en su semblante bondadoso una grande pena, detuvo al cura y le preguntó en voz baja:

—Hermano cura ¿lo ha visto usted por fin? ¿Está más aliviado? ¿Vendrá esta noche?

—¡Ah!, sí, Gertrudis —respondió el cura— se me olvidaba… Lo vi, hablé con él, está triste, muy triste; pero vendrá; me lo ha prometido.

—Pues voy a avisárselo a Carmen para que se alegre —replicó la anciana—. ¡Si viera usted como ha llorado, hermano cura, temiendo que no viniera! ¡Pobre muchacha!

—Que no tenga cuidado, Gertrudis; que no tenga cuidado.

—Aquí hay algo de amor, amigo mío —me atreví a decir al cura.


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