El Zarco. La Navidad en las montanas

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IX

Fue entonces cuando pude examinar completamente la figura del cura. Parecía tener como treinta y seis años; pero quizá sus enfermedades, sus fatigas y sus penas eran causa de que en su semblante, franco y notable por su belleza varonil, se advirtiese un no sé qué de triste, que no alcanzaba a disipar ni la dulzura de su sonrisa ni la tranquilidad de su acento, hecho para conmover y para convencer.

Quizá yo me engaño en esto, y mi preocupación haya sido la que puso para mis ojos, en la frente y en la mirada del cura, esa nube de melancolía de que acabo de hablar.

Es que yo no puedo figurarme jamás a un pensador sin suponerlo desgraciado en el fondo. Para mí, el talento elevado siempre es presa de dolores íntimos, por más que ellos se oculten en los recónditos pliegues de un carácter sereno. La energía moral, por victoriosa que salga de sus luchas con los obstáculos de la suerte y con las pasiones de los hombres, siempre queda herida de esa enfermedad incurable que se llama la tristeza; enfermedad que no siempre conocemos, porque no nos es dado contemplar a veces a los grandes caracteres en sus momentos de soledad, cuando dejan descubierta el alma en las sombras del misterio.


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