El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas Nicolás acostumbraba, en sus visitas diarias a la familia de Manuela, dejar su caballo y sus armas en una casa contigua, para partir luego que cerraba la noche a la hacienda de Atlihuayan, distante menos de una milla de Yautepec.
Después de los saludos de costumbre, Nicolás fue a sentarse junto a la señora en otro banco rústico y notando que a los pies de Manuela estaban regados en desorden las rosas que ésta habÃa desprendido de sus cabellos; le preguntó:
—Manuelita, ¿por qué ha tirado usted tantas flores?
—Estaba haciendo yo un ramillete —respondió secamente Manuela—, pero me fastidié y las he arrojado.
—¡Y tan lindas! —dijo Nicolás inclinándose para recoger algunas, lo que Manuelita vio hacer con marcado disgusto—. ¡Usted siempre descontenta! —añadió tristemente.
—¡Pobre de mi hija! Mientras estemos en Yautepec y encerradas —dijo la madre— no podemos tener un momento de gusto.
—Tienen ustedes razón —replicó Nicolás—. ¿Y su hermano de usted ha escrito?
—Nada, ni una carta; no hemos tenido razón de él. Ya me desespero… Y, ¿qué nuevas noticias nos trae usted ahora, Nicolás?