El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas En casi todos los pueblos que había yo recorrido hasta entonces, había tenido el disgusto de encontrar de tal manera arraigada esta idolatría, que había acabado por desalentarme, pensando que la religión de Jesús no era más que la cubierta falaz de este culto, cuyo mantenimiento consume los mejores productos del trabajo de las clases pobres, que impide la llegada de la civilización y que requiere todos los esfuerzos de un gobierno ilustrado, para ser destruido prontamente. La Reforma, me decía yo, debe comenzar también por aquí, y los hombres pensadores que la proclaman y defienden no deben descansar hasta no aplicarla a un objeto tan interesante, porque creer que las teorías se desarrollarán solas en un pueblo que tiene costumbres inveteradas, es no conocer el espíritu humano y no comprender la historia. Se ha promulgado ya la ley de Libertad de cultos, es verdad, y desde luego se autoriza con ella la adoración de tales santos; pero si el legislador descendiera hasta examinar atentamente lo que pasa en los pueblos con motivo de este culto idólatra, vería que la simple sanción de la libertad de conciencia no basta para desterrar los abusos, para ilustrar a las masas y para hacer realizable la idea filosófica de los hombres modernos, que es la de fundar, si es posible, sobre los principios religiosos libres, el edificio de la prosperidad pública.