El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas —Pero he ahà las once y media —dijo el cura al oÃr el alegre repique que anunciaba la misa del gallo. Si usted gusta, nos dirigiremos a la iglesia, que no tardará en llenarse de gente.
Asà lo hicimos; el cura se separó de mà para ir a la sacristÃa a ponerse sus vestidos sacerdotales. Yo penetré en la pequeña nave por la puerta principal, y me acomodé en un rincón, desde donde pude examinarlo todo. El templo, en efecto, era pequeño, como me lo habÃa anunciado el cura era una verdadera capilla rústica, pero me agradó sobremanera. El techo era de paja; pero las delgadas vigas que lo sostenÃan, colocadas simétricamente, y el tejido de blancos juncos que adherÃa a ella la paja, estaba hecho con tal maestrÃa por los montañeses que presentaba un aspecto verdaderamente artÃstico. Las paredes eran blancas y lisas, y en las laterales, además de dos puertas de entrada, habÃa una hilera de grandes ventanas, todo lo cual proporcionaba la necesaria ventilación. Yo me sorprendà mucho de no encontrar en esta iglesia de pueblo lo que habÃa visto en todas las demás de su especie, y aun en las de las ciudades populosas y cultas, a saber, esa aglomeración de altares de malÃsimo gusto, sobrecargados de Ãdolos, casi siempre deformes, que una piedad ignorante adora con el nombre de santos y cuyo culto no es, en verdad, el menor de los obstáculos para la práctica del verdadero cristianismo.