El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas El alcalde, honrado y buen anciano, padre de una numerosa familia, labrador acomodado del pueblo, presidía la cena, como un patriarca de los antiguos tiempos. Junto a él nos sentábamos nosotros, es decir, el cura, el maestro de escuela y yo.
La cena fue abundante y sana. Algunos pescados, algunos pavos, la tradicional ensalada de frutas, a las que da color el rojo betabel; algunos dulces, un pudín hecho con harina de trigo, de maíz y pasas, y todo acompañado con el famoso y blanco pan del pueblo, he ahí lo que constituyó ese banquete, tan variado en otras partes. Se repartió algún vino; los pastores tomaron una copa de aguardiente a la salud del alcalde y del cura, y a mí me obsequiaron con una botella de jerez seco, muy regular para aquellos rumbos.
Concluida que fue la cena, el maestro de escuela llamó por su nombre a uno de los niños, su alumno, y le indicó que recitara el romance de Navidad que había aprendido ese año. El niño fue a tomar lugar en medio de la concurrencia, y con gran despego y buena declamación recitó lo siguiente:
Repastaban sus ganados
a las espaldas de un monte
de la torre de Belén,
los soñolientos pastores.
Alrededor de los troncos
de unos encendidos robles,