El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas —No conocà a mi virtuosa madre; pero tengo la ilusión de que debió de parecerse a esta señora en el carácter, y de que si hubiera vivido habrÃa tenido la misma serena y santa vejez que me hace ver en derredor de esa cabeza venerable una especie de aureola. Note usted qué dulzura de mirada, qué corazón tan puro revela esa sonrisa, qué alegrÃa y resignación en medio de la miseria y de las espantosas privaciones que parecen perseguir a estos dos ancianos. Y esta pobre mujer, envejecida más por los trabajos y por las enfermedades que por la edad; flaca y pálida ahora, fue una joven dotada de esa gracia sencilla y humilde de las montañesas de este rumbo, y que ellas conservan, como usted ha podido ver, cuando no la destruyen los trabajos, las penas y las lágrimas. Sin embargo, el cielo, que ha querido afligir a estos desventurados y virtuosos viejos con tantas pruebas, les reserva una esperanza. Su hijo mayor está estudiando en un colegio, hace tiempo; y como el muchacho se halla dotado de una energÃa de voluntad verdaderamente extraordinaria, a pesar de los obstáculos de la miseria y del desamparo en que comenzó sus estudios, pronto podrá ver el resultado de sus afanes y de traer al seno de su familia la ventura, tan largo tiempo esperada por sus padres. Tan dulce confianza alegra los dÃas de esa familia infeliz, digna de mejor suerte.