El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas La joven bajaba a la sazón los ojos e inclinaba el semblante llena de rubor; pero cuando los alzó para saludarnos, pude admirar sus ojos negros, aterciopelados y que velaban largas pestañas, asà como sus mejillas color de rosa, su nariz fina y sus labios rojos, frescos y sensuales. ¡Era muy linda!
¿Qué penas podrÃa tener aquella encantadora montañesa? Pronto iba a saberlo, y a fe que estaba lleno de curiosidad.
La señora mayor se acercó al cura y le dijo:
—Hermano: usted nos habÃa prometido que Pablo vendrÃa… ¡y no ha venido! —la señora concluyó esta frase con la más grande aflicción.
—Sà ¡no ha venido! —repitió la joven, y dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas.
Pero el cura se apresuró a responderles:
—Hijas mÃas: yo he hecho lo posible y tenÃa su palabra; pero ¿acaso no está entre los muchachos?
—No, señor: no está —replicó la joven—. Ya lo he buscado con los ojos y no lo veo.
—Pero Carmen, hija —añadió el alcalde— no te apesadumbres: si el hermano cura te responde, tú hablarás con Pablo.