El Zarco. La Navidad en las montanas

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Por lo demás, así, a caballo, estaba al alcance de la joven para hablarle y para abrazarla con toda comodidad, pues la altura del cercado no sobrepasaba la cabeza de la silla del caballo, y en cuanto a este animal, enseñado como todos los caballos de bandidos, sabía estarse quieto cuando la voluntad del jinete lo exigía. Por otra parte, la cortina vegetal que revestía el cercado de piedra, presentaba allí un ancho rasgón que permitía a los amantes hablarse de cerca, enlazarse las manos y abandonarse a las intimidades de un amor apasionado y violento.

Ya varias veces algunos vecinos de Yautepec, que solían transitar por esa callejuela en las mañanas para salir al campo, habían reparado en las huellas que dejaba el caballo en las noches de lluvia, huellas que indicaban que alguien había estado allí detenido por mucho tiempo, y que venían del río y volvían a dirigirse a él. Pero suponían que eran las de algún campesino que había venido allí en la tarde anterior o a lo sumo sospechaban que Nicolás, el herrero de Atlihuayan, cuyo amor a Manuela era demasiado conocido, tenía entrevistas con ella, aunque sabían todos, por otra parte, que la joven profesaba profunda aversión al herrero, cosa que atribuían a hipócrita disimulo desmentido por esas huellas acusadoras.


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