El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas En cuanto a doña Antonia, madre de Manuelita, ignoraba de todo punto, como es de suponerse, que su hija tuviese entrevista alguna con nadie, y aun el rumor acerca de las huellas de un caballo junto al cercado de su huerta, le era totalmente desconocido.
Así, bajo aquel secreto profundo, que nadie se hubiera atrevido a adivinar, Manuela salía a hablar con su amante con toda la frecuencia que permitían a éste sus arriesgadas excursiones de asalto y de pillaje. Él parecía muy enamorado de la hermosa muchacha, pues apenas podía disponer de algunas horas, cuando las aprovechaba, a trueque del reposo y el sueño, para venir a conversar una hora con su amada, a quien prevenía regularmente por medio de los emisarios y cómplices que tenía en Yautepec.
Esta vez era esperado con más impaciencia que nunca por la joven, alarmada por los peligros que anunciaban para sus amores las resoluciones de la tarde.
—Tenía yo miedo de que no vinieras esta noche y te esperaba yo con ansia —dijo Manuela, palpitante de pasión y de zozobra.