El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas —Pues por poco no vengo, mi vida —respondió el Zarco, arrimándose a la cerca y tomando entre las suyas las manos trémulas de la joven—. Hemos tenido pelea anoche; por poco me mata un gringo maldito, y apenas he tenido tiempo de pasar por Xochimancas, de remudar caballo, de tomar un bocado y un poco de café y he andado veinte leguas por verte… ¿Pero, qué tienes? ¡Estás temblando! ¿Por qué me esperabas con ansia?
—Dime, ¿estuviste tú en lo de Alpuyeca?
—SÃ, precisamente yo mandaba la fuerza. ¿Por qué me preguntas eso? ¿Cómo lo has sabido tan pronto?
—Pues ahora verás: estuvo, como siempre, hoy en la tarde el fastidioso herrero, y él, diciéndole mi mamá que ya no veÃa la hora de salir de aquà para irnos a México, pero que no sabÃa cómo, porque mi tÃo no viene, le contó que una tropa de caballerÃa del gobierno habÃa salido ayer de Cuernavaca con dirección a Yautepec, y que se habÃa quedado a dormir en Xiutepec, pero que hoy en la mañana recibió orden violentamente para perseguir a una partida que habÃa matado a unos extranjeros en Alpuyeca, anoche, y que se fue para allá…
—Ya lo sabÃamos… dizque nos van a cargar fuerzas…, figúrate, ¡doscientos hombres a lo más! Buen cuidado tendrán de no arrimarse por Xochimancas…, allà estacarÃan el cuero… y ¿qué más?