El Zarco. La Navidad en las montanas

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Pero al guardar éstos, mientras, en la caja de los pendientes, reparó en una cosa que no había visto y que le hizo ponerse lívida, como paralizada. Acababa de ver dos gotas de sangre fresca que manchaban el raso blanco de la caja, y que debían haber salpicado también los pendientes. Además, la caja estaba descompuesta; no cerraba bien, y se conocía que había sido arrancada en una lucha a muerte.

Manuela permaneció muda y sombría durante algunos segundos; hubiérase dicho que en su alma se libraba un tremendo combate entre los últimos remordimientos de una conciencia ya pervertida, y los impulsos irresistibles de una codicia desenfrenada y avasalladora. Triunfó ésta, como era de esperarse, y al joven, en cuyo semblante se retrataban entonces todos los signos de la vil pasión que ocupaba su espíritu, cerró, enarcando las cejas, la caja prontamente, la apartó con desdén, y no pensó más que en ver el efecto que hacían los ricos pendientes en sus orejas.

Entonces tomó su linterna, y levantándose así adornada como estaba con su anillo, sus pulseras y aretes, se dirigió a la orilla del remanso, y allí se inclinó, alumbrándose con la linterna el rostro, procurando sonreír, y sin embargo, presentando en todas su facciones una especie de dureza altanera que es como el reflejo de la codicia y de la vanidad, y que sería capaz de afear el rostro ideal de un ángel.


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