El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas Luego, dejándose puesto el anillo, abrió la segunda caja y se quedó estupefacta. Eran dos pulseras en forma de pequeñas serpientes, todas cuajadas de brillantes, y cuyos anillos de oro esmaltados de vivos colores les daban una apariencia fascinadora. Las serpientes daban varias vueltas en la caja de raso y Manuela tardó un poco en desprenderlas; pero luego que terminó, se las puso en el puño, muy cerca de la mano, enroscándolas cuidadosamente. Y comenzó a alumbrarlas en todos sentidos, poniendo las manos en diversas actitudes.
Luego, por un instante cerró los ojos, como si soñara, y los abrió en seguida, cruzando los puños junto a la luz y contemplándolas largo rato.
—¡Dos víboras! —dijo frunciendo el ceño—, ¡qué idea!… En efecto, son dos víboras… ¡el robo! ¡Pero, bah! —añadió, sonriendo y guiñando los ojos, casi llenos con sus grandes y brillantes pupilas negras…— ¡qué me importa! ¡Me las da el Zarco y poco me interesa que vengan de donde vinieren!…
Después abrió la tercera caja. Ésta contenía dos pendientes, también de gruesos brillantes.
—¡Ah, qué hermosos aretes! —dijo—, ¡parecen de reina! —Y cuando hubo comtempládolos en la caja, que no se veía con aquel haz de resplandores y de chispas, los sacó también y se los puso en las orejas, habiéndose quitado antes sus humildes zarcillos de oro.