El Zarco. La Navidad en las montanas

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VII

LA ADELFA

Tan pronto como la joven perdió de vista a su amante, se apresuró a bajar del cercado por la escalinata natural que formaban las raíces del zapote, y se encaminó apresuradamente hacía un sitio de la huerta, en que un grupo de arbustos y de matorrales formaban un especie de pequeño soto espeso y oscuro a orillas de un remanso que hacían allí las aguas tranquilas del apantle. Luego sacó de entre las plantas una linterna sorda y se dirigió enseguida, abriéndose paso por entre los arbustos, hasta el pie de una frondosa adelfa que, cubierta de flores aromáticas y venenosas, dominaba por su tamaño las pequeñas plantas del soto. Allí, en un montón de tierra cubierto de grama, la joven se sentó, y alumbrándose con la linterna, abrió con manos trémulas y palpitando de impaciencia las tres cajitas que acababa de regalarle el bandido.

—¡Ah, que lindo! —exclamó con voz baja, al ver un anillo de brillantes, cuyos fulgores la deslumbraron—. ¡Eso debe valer un dineral! —añadió, sacando el anillo y colocándolo sucesivamente en los dedos de su mano izquierda, haciéndolo brillar a todos lados—. ¡Si esto parece el sol!


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