El Zarco. La Navidad en las montanas

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—Señora —preguntó Nicolás, que había escuchado atento y reflexivo—, ¿no tendrá aquí algún amor?, ¿no dejará aquí alguna persona a quien haya querido o a quien quiera todavía, sin que se lo haya dicho a usted?

—Eso me he preguntado algunas veces, pero no creo que haya nada de lo que usted dice. ¿Qué amor pudiera haber tenido que yo no hubiese siquiera sospechado? Es verdad que algunos dependientes gachupines de la tienda de la bóveda habían dado en decirle flores, en enviarle papelitos y recados, pero eso fue mucho antes de que fuéramos a vivir a Cuernavaca. Después de que regresamos, aquellos muchachos ya no estaban aquí, se habían ido a México, y Manuela no ha vuelto a acordarse de ellos ni a nombrarlos siquiera.

Algunos muchachos del pueblo suelen pasar por aquí y la ven con algún interés, pero ella les muestra mucho desprecio y cierra la ventana tan luego como los ha visto acercarse. No han vuelto ya. Manuela encuentra fastidiosos a los pocos que conoce. En fin, yo estoy segura de que no quiere a ninguno en el pueblo, y por eso al principio de este año, cuando comenzó usted a visitarnos, creí que iba inclinándose a usted y que arreglaríamos fácilmente lo que teníamos pensado.


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