El Zarco. La Navidad en las montanas

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A la sazón caía un aguacero terrible, uno de esos aguaceros de las tierras calientes, mezclados de relámpagos y truenos, en que parece abrir el cielo todas sus cataratas e inundar con ellas el mundo. La lluvia producía un ruido espantoso en el tejado, y los árboles de la huerta, azotados por aquel torrente, parecían desgajarse.

En la calle el agua corría impetuosa formando un río, y en el patio se había producido una inundación con el crecimiento de los apantles y con el chorro de los tejados.

Doña Antonia, después de recomendar a Manuelita que se abrigara mucho y que rezara, se durmió arrullada por el ruido monótono del aguacero.

Inútil es decir que la joven no cerró los ojos. Aquélla era la noche de la fuga concertada con el Zarco; él debía venir infaliblemente y ella tenía que esperarlo ya lista con su ropa y el saco que contenía el tesoro, que era preciso ir a sacar al pie de la adelfa. Esta tempestad repentina contrariaba mucho a Manuela. Si no cesaba antes de medianoche, iba a hacer un viaje modestísimo, y aun cuando cesando a esa hora, iba a encontrar la huerta convertida en charco y a bañarse completamente debajo de los árboles. Sin embargo, ¿qué no es capaz de soportar una mujer enamorada, con tal de realizar sus propósitos?


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