El Zarco. La Navidad en las montanas

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—¿Estás mala, hija? —le preguntó afectuosamente.

—Me duele mucho la cabeza, mamá —contestó la joven.

—Es que estás amodorrada, y además, ¡has comido tan poco!

—No; me siento un poco mal.

—¿Tendrás calentura? —dijo la madre inquieta.

—No —replicó Manuelita, tranquilizándola—; no es nada, me levante esta mañana muy temprano y, en efecto, he comido poco. Voy a tomar algo y volveré a acostarme, porque lo que siento es sueño; pero tengo apetito y ésa es buena señal. Ya sabe usted que siempre que madrugo me pasa esto. Además, es preciso dormir, ahora que se puede, porque quién sabe si en el viaje podamos hacerlo con comodidad y en compañía de soldados —añadió sonriendo maliciosamente.

La pobre madre, ya muy tranquila, dispuso la cena, que Manuela tomó con alegría y apetito, después de lo cual rezaron las dos sus devociones, y tras de una larga conversación sobre sus arreglos de viaje y sus nuevas esperanzas, la señora se retiró a su cuarto, contiguo al de Manuela y apenas dividido de éste por un tabique.


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