El Zarco. La Navidad en las montanas
El Zarco. La Navidad en las montanas —¡Ah, Nicolás!, ¡quĂ© bueno es usted y quĂ© noble! —dijo la señora con ternura—; acepto todo lo que usted me ofrece, y a mi vez le aseguro que en mĂ tendrá siempre una segunda madre. Cualquiera que sea la suerte que Dios nos reserve a mĂ y a mi hija, crea usted que siempre recordarĂ© su generosidad para con nosotras, y que nunca olvidarĂ© que es usted el más noble y honrado joven que he conocido. Lo espero a usted mañana y si usted quiere acompañarnos, como me lo promete, yo tendrĂ© mucho gusto de contar con su compañĂa, que tanto necesito. Pero tengo miedo de que suceda a usted algo a su regreso.
—No tema usted nada, señora —dijo Nicolás, levantándose—; llevaré a algunos de mis compañeros del taller, bien montados y armados, y no correremos ningún peligro.
—Bueno —dijo doña Antonia, apretando la mano del herrero con las dos suyas, cariñosamente, como lo harĂa una madre tierna con el hijo de su corazĂłn.
Luego, al sentir que se alejaba, exclamĂł llorando.
—¡Oh!, ¡qué desgraciada soy en no tener a este hombre por yerno!
Manuelita se despertĂł cuando ya estaba anocheciendo, y a la luz de la bujĂa, doña Antonia observĂł que tenĂa los ojos encarnados…