El Zarco

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Pero habiendo esperado en vano para verla aparecer, y no escuchando su respuesta, comenzó a alarmarse y corrió a buscarla en los lugares que solía frecuentar. Tampoco estaba en ellos. Entonces siguió buscándola y gritándole en todas direcciones, y habiéndole venido una idea repentina volvió a la casa para ver si la puerta de la calle estaba abierta; pero encontrándola perfectamente cerrada y atrancada, tornó a la huerta, llena de sobresalto, suponiendo que quizás su hija habría sido mordida por alguna serpiente y se habría desmayado o tal vez muerto en algún rincón de aquel bosque. La pobre anciana, pálida como la muerte, convulsa de terror y de angustia, se internó en lo más espeso de la huerta, sin cuidarse del lodo ni de la maleza, ni de las espinas, registrándolo todo, llamando por todas partes a su hija con los epítetos más tiernos y más desesperados, con la garganta seca, con los ojos fuera de las órbitas, pudiendo apenas respirar, con el corazón saliéndosele del pecho, loca de dolor y de susto.

Pero nada, Manuela no aparecía.

—Pero, Dios mío, ¿qué es de mi hija? —exclamó, deteniéndose y apoyándose en un árbol, pues sentía que las piernas le flaqueaban.


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