El Zarco

El Zarco

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Nadie le contestaba. La naturaleza seguía indiferente su curso normal. El sol brillaba de lleno iluminando el cielo, limpio ya de nubes, en aquella hermosa mañana de estío, más sereno y más azul después de una noche de borrasca; los pájaros parloteaban alegremente en las arboledas, zumbaban los insectos entre las flores y todo parecía cobrar nueva vida en aquella tierra tropical y vigorosa.

Sólo la pobre madre desfallecía, apoyada en los árboles y sintiendo que el frío de la muerte helaba la sangre en sus venas.

Pasado un momento de angustiosa parálisis, hizo un esfuerzo desesperado y se arrastró hasta el centro de la huerta. Allí tuvo otra idea; y cruzando el apantle que rodeaba como un pozo el soto de la adelfa, que era como una rotonda de arbustos en medio de la cual descollaba la vieja y florida planta, se dirigió hacia ésta, y al llegar a ella se detuvo sorprendida. Allí, junto al tronco, había un pozo que se había llenado de agua, y sobre la grama estaba tirada una tarecua, la pequeña tarecua con que Manuela solía cavar la tierra de su jardín.

Luego observó que, a pesar de la lluvia, la maleza y los arbustos aún permanecían doblados, como si alguna persona se hubiese abierto paso por entre ellos.


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