El Zarco
El Zarco Miró con cuidado el suelo, y en la parte que no estaba cubierta por la grama, distinguió huellas de pisadas. Siguió la dirección que ellas marcaban, lo cual era difícil en aquella capa de verdura espesa y áspera, que cubría el suelo, y pudo reconocerla hasta el apantle. En los bordes cenagosos de éste, y en la parte inundada por su crecimiento de la noche, la huella se marcaba mejor; era la huella de pies pequeños y desnudos que se habían enterrado profundamente en el cieno. ¿Quién podía haber andado por ahí esa mañana, si no era Manuela? ¿Y quién podía tener esos pies pequeños, sino la joven? Pero, ¿por qué había venido descalza, y habiendo tenido resfrío el día anteríor?