El Zarco
El Zarco La infeliz madre se perdía en conjeturas. Luego, dando algunos pasos más allá de la faja inundada por el apantle, volvió a reconocer huella de pisadas: eran las mismas de Manuela, que seguramente tomó la dirección del cercado. En efecto, las huellas seguían hasta la cerca y se detenían junto a las viejas raíces del zapote gigantesco. La anciana trepó con trabajo por ellas y como impulsada por un presentimiento terrible. Sobre la cerca había también señales de haber pasado por ahí alguno. Las plantas parecían haber sido holladas; los tallos de algunas estaban rotos. Doña Antonia se asomó por aquel lugar y examinó atentamente la callejuela. Vio entonces allí, precisamente al pie del lugar en que se hallaba, las huellas bien distintas de pezuñas de caballos, que parecían haberse detenido algún rato allí y que debieron haber sido varios, porque el lodo estaba señalado y removido por numerosas huellas repetidas y agrupadas.
La aguda y fría hoja de un puñal que hubiese atravesado su corazón, no habría producido a la desdichada madre la sensación de intenso dolor y de desfallecimiento que semejante vista le causó.