El Zarco

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No comprendía nada, pero adivinó que algo horroroso significaba aquéllo. ¡Su hija, atravesando la huerta en aquella noche, dirigiéndose a la cerca, aquellos caballos deteniéndose allí, como para esperarla, porque era evidente que ningún hombre había andado con ella, todo esto encerraba un misterio inexplicable, pero pavoroso para la pobre señora! ¿Había huido Manuela con algún hombre? ¿Había sido robada? ¿Quién podía ser el raptor?

Doña Antonia apenas pudo dirigirse confusamente tales preguntas, en medio de su atonía y de su terror, porque se sentía aterrada, aniquilada, permaneciendo ahí como idiota, con los ojos clavados en el lado de la calle, con los cabellos erizados, con el corazón palpitante hasta ahogarla, muda, sin lágrimas, sin fuerzas, viva imagen de la angustia y del dolor.

Pero una última esperanza pareció hacerla volver en sí. Pensó que eso era imposible, que era un sueño todo lo que estaba mirando o que nada tenía que ver con su hija aquel conjunto de circunstancias; que Manuela debía haber vuelto a su cuarto, y que si se hubiera fugado, debía haberse llevado su ropa, sus alhajas, algo.



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